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La Relojería no puede parar, o podría fallar
En el amplio mar de la relojería, la punta del iceberg está ocupada por las grandes marcas de lujo cuyo inmenso poder de comunicación atrae la atención de todo el mundo y monopoliza casi todo el interés de los medios. Deslizándonos hacia abajo en el hielo, están el “resto” de las marcas, la enorme masa, los cuales por virtud de su posición secundaria, aguantan la punta, permitiéndole que se mantenga por encima del agua.
En realidad, el mundo de la relojería no es diferente del mundo en general. Aquí, como allá, y más allá del discurso sobre la estandarización debido a la globalización, se hacen notar las diferencias y coexisten las más diversas realidades.
Hoy, mientras que el precio promedio de los relojes de marca continúa ascendiendo, la batalla prosigue con furia en el campo de los movimientos de cuarzo de distribución masiva. Hace mucho tiempo que el precio del calibre de cuarzo bajó por debajo de la “barrera” de un dólar; ahora, los precios se están negociando al “céntimo”.
La industria del reloj es un reflejo perfecto de lo que pasa en todos los otros sectores de la economía. Pero, a pesar de que se mantiene algo protegida del síndrome de la “camiseta” de China que ha causado estragos en la industria textil europea, ¿es quizás sólo porque los relojes no son indispensables? No podemos funcionar sin unos pantalones o una camisa. Sin embargo, ciertamente podemos vivir sin un reloj. El reloj es un lujo, ya coste un puñado de dólares o una maleta llena de ellos.
Esta puede que sea su debilidad a largo plazo, y aunque nada es seguro, es también seguramente su fuerza en el momento presente y una de las actuales fuentes de su dinamismo creativo. Como no es “indispensable” el reloj tiene que demostrar sin cesar su validez; tiene que, digamos, reinventarse a sí mismo con el fin de asegurar su supervivencia. La extraordinaria diversificación en la oferta actual y la particularidad de su modelo económico empuja la parte más visible del iceberg hacia arriba en vez de tirar el sector hacia abajo.
Sin embargo, este dinamismo también es, en cierta manera, el signo de un “desorden” generalizado. Hemos entrado en una era un tanto “esquizofrénica” tal como se puede ver vivamente en los innumerables “e-mails” que recibimos cada día. Entre las declaraciones de dos relojeros suizos de alta gama que discuten violentamente sobre los pequeños tornillos puestos en una esfera, y los sospechosos correos basura que preguntan: “¿por qué pagar tanto por un original cuando las réplicas son 99,9 por ciento
perfectas?” (esta frase hace preguntarte cual es exactamente el 0,1 por ciento que no está perfectamente copiado), también encontramos un comunicado de prensa de un relojero alemán que ofrece un torbellino magnífico y auténtico (chino, sin lugar a dudas) por 4.900 euros. Esto es de diez a veinte veces menos de lo que cuesta en las importantes marcas de lujo.
Verdadero o falso, entre estos dos términos blanco y negro, hay un océano inmenso de grises, cubierto de niebla, donde se pierden todos los puntos de referencia. Para salir de esta nube, solo hay dos soluciones que también pueden hacerse en combinación: “Levanta la cabeza por encima de neblina” ascendiendo en el mercado, álzate por encima de la común innovando en términos técnicos y de estilo con el objetivo de hacerte “notar” entre la muchedumbre. Este combate silencioso explica el dinamismo presente en la industria de la relojería, y que se comenta en esta edición de Europa Star: la relojería nunca parará. No puede parar por miedo a fallar. Pero los avances van a ser caóticos.