editoriales



Nos estamos acercando al fin de la era Bling?

noviembre 2008


Por Pierre Maillard

Nos estamos acercando al fin de la era Bling?

La cuestión del lujo y su correlación – supuesta o real – con la decadencia es un antiquísimo tema de debate filosófico e histórico. Jean-Jacques Rousseau, por ejemplo, un destacado ciudadano ginebrino y, dicho sea de paso, hijo de relojero, creía que el lujo fue la causa de la decadencia y ruina de las antiguas civilizaciones griega y romana. “¿De qué trata pues, precisamente,:esta cuestión sobre el lujo?” se preguntaba Rousseau, y se respondía a sí mismo acto seguido: “De saber qué importa más a los imperios, si ser brillantes y momentáneos, o virtuosos y duraderos.” El antiguo rival de Rousseau, Voltaire – que fundó una fábrica de relojes en Ferney, cerca de Ginebra – propugnaba justo lo contrario, “Amo el lujo, incluso la indolencia, todos los placeres, todas las artes… lo superfluo: aquello tan necesario.” La polémica del lujo – unos lo creen el causante de la decadencia y otros lo ven como la fuente de prosperidad de las naciones – vuelve a estar de actualidad en nuestros días. Pero en una época en que reina el lujo masivo y en que las marcas de lujo planetario se han democratizado, no es tanto el lujo intrínseco lo que se denuncia, sino los excesos del lujo. Una palabra, ella sola, define la perniciosa sobreabundancia y el exceso de lujo: Bling, que podríamos traducir como sobredosis de lujo. Esta palabreja está en boca de todos, muy especialmente ahora en Francia, donde el país ha descubierto que tiene un presidente muy Bling. Difundida por los raperos afroamericanos que ostentosamente exhibían en sus muñecas, dedos, orejas y cuellos colosales y ruidosas estructuras de ferretería áurea, se convirtió en un modo de demostrar fehacientemente su prosperidad recién alcanzada. En Francia, no obstante, Bling se usa para estigmatizar la gran afición que tiene por el lujo su presidente, Nicolás Sarkozy, un advenedizo en el poder. En una época en que la economía de la nación flaquea, cuando las expectativas de crecimiento se han esfumado y cuando las cifras de los mileuristas a precario se están disparando, el pueblo francés tiene dificultades para digerir las salidas en yate, las vacaciones de ensueño y los costosos relojes de su “Presidente Bling”. Bling se ha convertido en el grito de guerra de los opositores a Sarkozy y en la causa de su caída en picado en los índices de popularidad. ¿No se habrá convertido la sobredosis de lujo que llamamos Bling en un síntoma de arrogancia intolerable? Hay indicios de que el péndulo quizá ya va de vuelta, al menos en los países occidentales más ricos. La ostentación y los excesos tienden a cotizar a la baja, favoreciendo un retorno a valores más clásicos, contenidos, sobrios y modestos (al menos en apariencia). Los relojes “Hummer” van a perder terreno inexorablemente enfrentados a los “Nano” relojes, si es que podemos permitirnos un paralelismo con el mundo del automóvil que está experimentando una similar transformación. Mientras que es obvio que la tendencia de favorecer coches más ligeros y eficientes tiene un trasfondo medioambiental, esta misma necesidad de ecología y la lucha contra lo vano y fútil se están imponiendo como ideologías dominantes en amplias capas de la sociedad humana. Dicho lo cual, debo admitir que aún le quedan al Bling muchos días de gloria por delante. Como los raperos salidos de sus miserables guetos, las economías emergentes de Rusia, China e India están saliendo de su pobreza endémica y quieren pavonearse un poco con su recién adquirida prosperidad. Para los nuevos ricos de estos países, cuestiones como el ecologismo, la mesura y la exigencia de un entorno “virtuoso y duradero” son lujos que creen que no se pueden permitir por el momento. Es lo que tiene el Bling, la sobredosis de lujo: que la resaca viene, pero al día siguiente.