editoriales



La burbuja pierde gas

enero 2009


Por Pierre M. Maillard

La burbuja pierde gas

Imágenes obtenidas por el telescopio espacial Hubble de la erupción de la estrella V388 Monocerotis (Unicornio) el 20 de mayo, 2 de septiembre, 28 de octubre y 17 de diciembre del 2002. La V388 Monocerotis entró en erupción en enero de 2002 y en unas pocas semanas su brillo se multiplicó por 10.000. Esta enorme cantidad de energía liberada por la estrella pudo observarse poco después en la forma de una gigantesca burbuja de luz en expansión. Este fenómeno, denominado “eco de luz” es un hecho verdaderamente excepcional. Durante un eco de luz se puede observar el movimiento de la luz en su expansión alejándose de la estrella, iluminando a su paso toda la materia que encuentra en su trayectoria, recorrida a velocidades aparentemente superlumínicas

Una de las cosas que cabe esperar (entre otras) de las crisis económicas es que los numerosos comentarios que suscitan quedan refutados casi tan pronto como se emiten. De hecho, mientras cada uno avanza sus predicciones y profecías, la verdad es que nadie tiene la menor idea de lo que está pasando. Mientras que la ideología liberal se ha asentado sobre las bases de una especie de supuesta inteligencia del mercado cuya sabiduría innata procedería a la autorregulación (ayudada desde la sombra por hordas de matemáticos), la cruda realidad es que la economía sigue los derroteros de vientos imprevisibles. Cuando estos vientos soplan y barren se acaban transformando en burbujas que, al hincharse, acaban reventando y, al hacerlo, arrasan todo a su paso. Pero quizá deberíamos preguntarnos si, en el fondo, eso es tan irracional. El problema con las burbujas es que solo son visibles desde el exterior. Cuando estamos tranquilamente aposentados dentro de nuestra burbuja nos encontramos cómodos. No nos apercibimos del momento en que la membrana que nos envuelve empieza a crujir y deformarse de manera preocupante. Las advertencias racionales que nos llegan del exterior penetran la burbuja y llegan amortiguadas y sordas al interior. Desde dentro, tenemos una visión borrosa de los signos amenazantes del exterior: creemos que nos saludan cuando en realidad nos están advirtiendo del peligro. Para los de fuera, intentar comunicar con los de dentro es una pérdida total de tiempo. La avaricia es ciega, como es bien sabido. La avaricia dificulta no solo la visión, también acota el horizonte, reduciéndolo tan solo al primerísimo plano hasta que nos damos de bruces contra el muro. Hablando metafóricamente, la burbuja de la relojería que nos ha acogido maternalmente durante estos últimos años ha crecido más de la cuenta, como esos relojes que, de una temporada a otra, aumentan unos milímetros su diámetro. Y me quedo corto, porque esos ya no son relojes, son Hummers de la muñeca. Solo tenías que observar su evolución para darte cuenta de que la burbuja iba a estallar en un momento u otro. Estos diseños viscerales, cada vez más musculados (sean relojes, coches, barcos, primas de ejecutivos, etc.) estaba clarísimo que no podían durar. “En el 2006, un año de récords, los 170.000 empleados de Morgan Stanley se repartieron 25.000 millones de Euros en primas anuales, con más de 70 millones que fueron a parar al selecto club de los superbróker,” según un reportaje de Le Monde. Esto no podía seguir así y, sin embargo, según los consultores de marketing, es algo consustancial al sistema. El otro día acudí a la consulta de un dendrocronólogo. Ya les digo que no tiene nada que ver con ninguna secta ni nada por el estilo. Esta persona es un científico muy serio cuya ciencia le permite “leer el tiempo en los árboles”, no en el ADN sino en los anillos. Me mostró un gráfico con la curva continua de los anillos del roble que retrocedía ininterrumpidamente hasta 10.000 años atrás. Gracias a este gráfico puede situar la fecha de cualquier trozo de roble que le traigan. Eso es porque los árboles disponen de su propia memoria del tiempo. Registran las más mínimas variaciones. Los árboles saben mucho más que los humanos en lo referente a ciclos de expansión y extinción. ¿Vamos a pegárnosla de cabeza contra el muro? “No importa”, responde mi dendrocronólogo, acostumbrado como está a escalas temporales de mayor longitud. “Solo sobrevivirá el 10 por ciento, pero la vida seguirá.” Esa puede ser la ventaja de una crisis: que ejecute una purga y aclarado de la especie. Esperemos, de todos modos, que sobreviva más del 10 por ciento.