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Ingenios de relojería

junio 2007


Ingenios de relojería

Mecanismo de relojería nº 2 por MB&F

¿De donde procede nuestra inagotable fascinación por las “máquinas”? ¿Encontramos el mismo atractivo en todas las máquinas, grandes o pequeñas, locomotoras o cohetes, ordenadores ultrasofisticados o simples juguetes de cuerda?

Básicamente, ¿no es simplemente nuestro ego lo que amamos y admiramos en estas máquinas? ¿No está esta fascinación ligada a la posibilidad de ver, y de comprender, nuestro propio funcionamiento, un funcionamiento ideal, ya que la máquina funciona a la perfección mientras que nosotros humanos debemos contentarnos con elevados niveles de imperfección?

Pero este funcionamiento está enormemente simplificado, porque la máquina ejecutará un programa lógico para el que ha sido concebida, y no hará otra cosa. La máquina no se desviará de su cometido ni abandonará su tarea para airearse. La máquina no inventará nada; no sentirá satisfacción, regocijo ni dolor. La máquina no se rebelará. Se deteriorará y se detendrá. Eso es todo.

“Imagino al hombre... como a un reloj, con sus engranajes y contrapesos”, dijo el filósofo Descartes. En su hombre-reloj, el cerebro es el resorte principal. Si el hombre ha rebuscado su propia imagen en la máquina, también ha intentado incesantemente diseñar máquinas a la imagen del hombre.

Un muy astuto ingeniero de la época, Vaucanson, llamado “el rival de Prometeo” por Voltaire, creó el “Pato Digestivo” en 1793, un pato mecánico de cobre chapado que comía, graznaba, chapoteaba en el agua y digería la comida como un pato viviente. Gracias a lo transparente de su abdomen, los espectadores podían seguir el proceso digestivo desde el pico al esfínter, el cual expelía una suerte de pasta verdosa.

Más cerca de nuestros días, el artista Belga Wim Delevoye, con su máquina “Cloaca”, que fascinó a los científicos, consiguió reproducir el aparato digestivo en su totalidad, paso a paso. Pero su máquina, que debía alimentarse como un humano y que excretaba desperdicios muy humanos, pese a su sofisticación, pertenecía a la categoría de las “máquinas singulares”, que son las máquinas que funcionan por ellas y para ellas mismas. Y, hoy en día, las nanotecnologías parecen querer transformarnos en hombres-máquina paulatinamente.

¿Pero es realmente ese nuestro futuro? Lo que nos diferencia a nosotros los humanos de la máquinas es que no somos “máquinas singulares”. Cuando dejamos de funcionar en interacción con otros y nos convertimos en “maquinas singulares”, nos volvemos irracionales y criminales. ¿Porqué entonces continuamos cayendo fascinados por las máquinas, especialmente la pequeñas “máquinas singulares” de oro o platino que laten en nuestras muñecas?

Es porque son nuestro reflejo, un reflejo sesgado, agrandado o deformado, un espejo roto, un pedacito de espejo, un átomo de espejo que refleja parcialmente nuestra imagen. No es tanto la máquina en sí, es una parte de nosotros mismos lo que adoramos en nuestros “ingenios de relojería”.