Vaga sensación de estar en un punto de inflexión, un período que termina sin saber muy bien lo que esbozan los nuevos horizontes tras la niebla envolvente...
Las incertidumbres se acumulan y se suman, dibujando lentamente un nuevo paisaje borroso pero todavía indistinto. ¿Donde va la Relojería?
Todo está entrelazado y lleva a la confusión. Está China, El Dorado del lujo, cuya estrella está menguando bajo la presión creciente de la campaña “anti-extravagancia”, y Rusia, cuya economía en dificultades ha perdido miles de millones.
También existe la sorda amenaza indeterminada de la firma de la manzana (cuya capitalización de mercado, que es posible que le interese conocer, es de 700 mil millones de dólares, o el equivalente a las exportaciones de relojes Suizos en 30 años a los niveles del 2014) que plantea la cuestión: ¿Barrerá el Apple Watch todo lo que se conoce, o va a dejar algo detrás?
Luego está la propia Suiza, que también se encuentra en una encrucijada. No sólo su moneda está tomando el ascensor ejecutivo a la planta superior, sino que con el fin del secreto bancario, y los escándalos internacionales, como el SwissLeaks del HSBC empañan aún más su reputación, y están poniendo en juego la prosperidad insolente de esta pequeña nación.
A estas preguntas abiertas, las respuestas o los esbozos de respuestas divergen. Uno tiene la impresión de que van un poco en todos los sentidos. Después de dos décadas de subir en la gama y de precios insolentes, la profesión se pregunta: ¿Podemos seguir así, dirigiéndonos solo al 1% de la población mundial que posee el 50% de la riqueza mundial?

