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Durán Joyeros un clasico de vanguardia

junio 2007


Por Carles Sapena

En el último tercio del siglo XIX, un artesano platero, originario de Santiago de Compostela, Pedro Durán, abre un modesto establecimiento en los bajos de un palacio de Madrid , este pequeño comercio, con mostrador a pié de calle y vivienda en la parte superior, típico de los usos de la época, se convirtió, con el paso del tiempo, en el crisol de una firma de Platería, Joyería y relojería, que a través de cuatro generaciones ya , llega hasta nuestros días, gestionada con la misma laboriosidad de antaño.

Durán Joyeros un clasico de vanguardia

Siguiendo la estela vibrante del comercio de la capital, y acrecentando sin cesar su prestigio, la firma separa, hacia el 1900, su actividad artesana del servicio directo a su clientela, a la que se dedican de forma exquisita. Fruto de esta vocación, es la apertura de un establecimiento en la calle Serrano, en el exclusivo barrio de Salamanca ya en los sesenta del siglo pasado, comercio pionero en esta zona, que hoy en día es la sede del “Cluster” del negocio relojero en la Capital de España.Y asimismo de otro establecimiento, no muy lejano, en la calle Goya. En los años setenta, ya centenarios se sumergen, de una manera rotunda, en el mercado relojero. Firmas como Tag-Heuer, Omega, Hublot, Breithling, Búlgari ó Cartier, pueblan sus escaparates, dedicados a un público joven, tanto masculino como femenino, exigente y conocedor. Las firmas míticas como Vacheron-Constantin, Breguet y Chopard, están naturalmente repre-sentadas, y por supuesto, en la cumbre, “La Leyenda”, Patek Philippe que se haya representado en un exclusivo y completísimo “Corner”, donde podemos ver, ó mejor diría, “sentir”, algunos de los mejores modelos de la marca: Gondolos, Calatravas…Con una especial atención también, a los modelos femeninos. Son en resumen, 1.500.-metros cuadrados repartidos en tres alturas, donde podemos ver una selección de lo mejor de la relojería contemporánea. Pero la firma Durán Joyeros, no basa su prestigio en la mera acumulación de marcas de lujo, ni siquiera en su indudable clase a la hora de exponerlas y presentarlas a su selecto público. Como nos explica Alfonso Durán, las piezas “son “ de los clientes, y ellos y solo ellos, son los jueces finales de un largo proceso que se inicia en un tablero de dibujo, y tras pasar por docenas de manos expertas, acaban descansando bajo los focos de un escaparate. Solo el cliente las devuelve otra vez a la vida y a los sentidos, y hace que estas piezas, a veces con personalísimos acabados, superen la inflexible prueba del tiempo, y conecten a su creador con la persona que las disfruta y las ama. Este milagro solo puede tener lugar cuando se aplica la pasión al trabajo bien hecho, y la seriedad a los valores comerciales. Dos ramas familiares, los Albarracín Durán y los Durán Michelena, en suma una docena de miembros del clan, velan hoy por el mantenimiento de esa pasión y de esos valores, articulados en torno a un modernísimo grupo empresarial, con lógicas ramificaciones también en el comercio del Arte, sin olvidar el origen: la plata que lleva su nombre, conocida en todo el mundo. Bajo esta dirección y con esta idiosincrasia Durán Joyeros, sigue siendo un clásico de vanguardia